Soñé que el chico que me gusta le regalaba una ensalada de papa y huevo a otra, la había llevado en un tupper adentro de su mochila, la había preparado en su casa con aceite de oliva y mayonesa. Llegaba a la facultad y esperaba a que ella baje apoyado en una columna con su remera de siempre, usa una sola remera porque lo hace sentir cómodo y la verdad es que le queda linda, se lo ve tranquilo repitiendo remera, con una mochila de montaña gris que podría usar para escalar pero la usa en la ciudad porque es buena para la bici. Va en bicicleta a trabajar todos los días, a veces cuando llueve la mamá lo acerca porque lo quiere mucho, toda su familia lo quiere porque es el único varón y tiene la voz raspada aunque no fuma, seguro tuvo la voz raspada desde que empezó a hablar entonces parece como si nunca hubiera crecido y por eso enternece. A mi me gusta tanto que quisiera que haga el lío que tenga que hacer, que seduzca mil mujeres, que haga el lío que se merece por ser joven y buenmozo y después se mude a descansar conmigo para siempre en una casa lejos con diez perros y el pasto muy crecido, no es que me gusten los perros pero el chico que me gusta es de esos fanáticos de los perros de la calle, una de esas personas que necesitan poco, que comen fruta y se reservan opiniones, el chico que me gusta se reserva opiniones todo el tiempo, por tímido y por cuidadoso, no quiere llamar la atención, en cambio yo trato de llamarle la atención todo el tiempo, de hacerlo reír, de comentar el disco que suena en su auto hace meses y burlarlo porque sus hermanos son sus mejores amigos. Tienen una familia que toma mate en invierno y tereré en verano, me los imagino, todos se descalzan apenas llegan a la casa y se pasan libros unos a otros con frases subrayadas en lápiz negro, van al mismo bar jueves y viernes y se sientan entre ellos a tomar cerveza, es la única mesa que no mira alrededor desesperada porque gustan de estar entre ellos, escuchar lo que dice el otro y decir que sí con la cabeza a medida que los ojos se les hacen chinos. El chico que me gusta camina medio encorvado y mirando a los costados, parece que llevara un secreto en los bolsillos del buzo pero lo hace porque no quiere molestar, lleva una existencia periférica que no sabe linda aunque es hermosa, me gusta porque le sale sin querer, la sale bello con más fuerza cuando intenta volverse invisible y entonces se delata.
La zanahoria
18 octMe dí vuelta para cortar la zanahoria y sentí que me mirabas el cuello. Te apoyaste en el marco de la puerta, presionaste la servilleta de papel contra la herida de tu dedo y seguiste mirándome el cuello con la tranquilidad de existir en tiempo presente. Me picaba la nariz pero tenía las manos sucias y me toqué la punta de la nariz con la muñeca, la muñeca de la mano que sostenía un cuchillo, el único cuchillo filoso que había en mi casa y vos acababas de romper. Bueno, no lo rompiste pero se venció y hay que tener cuidado de que no se desarme el mango de madera. Antes vos cortabas la zanahoria, lo hacías mejor que yo, lo supe por el ritmo que marcaban los golpes en la mesa, era el ritmo de alguien seguro, hábil o eso pensaba hasta que te cortaste el dedo. Fue apenas un corte chiquito pero viste que de la yema sale mucha sangre así que te salió mucha sangre, abriste la canilla, dijiste la puta madre me corté, y yo dije uy y abrí un poco la fría porque se que la caliente quema, hay que regularla bien. El agua caliente sale hirviendo, vos no lo sabias porque era la primera vez que venias pero yo si, así que regulé. Ya habías cortado casi toda la zanahoria y me hice un poco la canchera porque en realidad me da miedo cortar cuando queda un pedazo chico, era la última parte y no se bien de dónde sostenerla para no lastimarme, por eso te dí la espalda, para que no me veas dudando de cómo cortar y de vos sobre todo, pensando en que habías llegado demasiado dormido, dado vuelta me dijiste, pero yo no sé porque no manejo tu jerga y entre vos y tus amigos nada es lo que parece. Lo hacen a propósito, les gusta ser los chicos malos que hablan raro, ustedes los incomprendidos y nosotros los represores. Me di vuelta para cortar la zanahoria, sentí tu mirada en mi cuello y también sentí que mis pestañas se pegaban con rimmel. Me rasqué la nariz con la muñeca y pensé que ese rimmel era una garcha, que lo había comprado hace años y que quizás estaba vencido porque uno se olvida pero esas cosas vencen. Corría el riesgo de que mis ojos se sellen para siempre y ser la chica que se quedó ciega de maquillaje vencido. Sería uno de esos cuentos que la gente repite pero no termina de creer. En cuatro años habrá una cena donde toman vino y una mujer con un collar de perlas va a contar de la chica que nunca volvió a abrir los ojos por usar rimmel vencido, y todos ríen y descreen, se sirven más vino y cambian de tema, mientras tanto en otro pueblo muy lejano voy a estar yo a oscuras, acariciando las paredes para llegar al baño. Ahora parece un pensamiento largo pero fue un instante, fue un pensamiento que ni siquiera ocupó ese instante completo, no lo gobernó porque lo que de verdad me preocupaba era porqué habías venido si tenías tantas ganas de dormir y cuándo ibas a dejar de mirarme el cuello. La heladera con imanes recortados para armar figuras y vos parado mirándome el cuello, hubiera querido tener el pelo suelto pero se me hizo el hábito de atarlo, me gusta pasarme los dedos como un peine por el cuero cabelludo y sentir como se va todo para atrás, como atando un globo, pero hay un mechón que no llega a las expectativas de la colita y se deja caer, se rinde. En cambio yo sigo tratando de entender, llegás dormido, peor, llegas dado vuelta porque cayó un amigo con unos diseños, decís unos diseños y yo tengo que saber si hablás de páginas de internet o de alfombras persas, no tengo idea de qué diseños hablás, pensándolo bien no te conozco pero llegaste lindo y dado vuelta, sos lindo de los dos lados, la remera te queda grande, te cuelga de una forma muy bonita porque puedo adivinar tu piel atrás del algodón, tu piel y ese algodón se tocan solo de a ratos, parece que la lavaron mil veces hasta hacerla muy finita. Para mi fue lindo abrirte la puerta porque te sacaste la barba comunista. Hubo una parte que me puso nerviosa, cuando caminé a abrir y me mirabas desde la puerta de vidrio, me esperabas con la mochila en la mano, todavía faltaban siete pasos y eso que el ascensor tiene espejo y me revisé los dientes y preparé la llave porque mi llavero tiene muchas cosas, canciones, cosas, y si busco la llave ahí enfrente tuyo seguro se me caigan y se me vuelvan a caer cuando las junte. No es que me gustes demasiado, es que estás viniendo a mi casa, está bien, sigue siendo mía pero ahora estás vos adentro. Qué bueno que te sacaste la barba comunista, ahora que no la tenés no entiendo cómo hice para conocerte atrás de esos pelos, tan desprolijo, tan impresentable, todavía sos impresentable pero tenés una cara limpia y afeitada, una cara que sería solo perfecta si no fuera por tus lunares que la hacen preciosa y tus ojeras que la hacen cansada. En el ascensor tu cara aparece mil veces y esa misma cara después está en mi casa, a mis espaldas. Esa tarde me mandaste un mensaje para ir a dar una vuelta al parque, te dije que no podía pero me dio gracia que lo digas así, como si los dos viviéramos cerca de un parque en particular, como si ya hubiéramos pasado un día entero en ese parque, yo no sabia a qué parque te referías, al nuestro quizás, al que vamos a ir alguna vez. Pero te dije que no y me dijiste ay vos siempre tan ocupada, me gusta cuando me sale natural no darte pelota porque si lo busco no puedo, no puedo ser estratégica. Qué placer olvidarme el teléfono y encontrar tus llamadas perdidas que se traducen en que hay un montón de hombres y fiestas en mi vida, pero no, dejé el teléfono porque cambié la cartera y cuando vi las llamadas revisé tres veces que fueran verdad, que fueran tuyas y fueran de hoy. Al principio me estiré las mangas del sweater puteando por no atender y después me di cuenta de que estaba bien, de que no estuve disponible y eso en nuestras cabezas enfermas solo aumenta las ganas de vernos. Hasta que nos vimos y corté la zanahoria consciente de las múltiples neurosis que iban a aparecer al día siguiente, cómo lees mi perfil de facebook, vos creyendo que no tengo foto de portada porque no me interesa y yo que no puedo decidirme por ninguna, el desdén aparente, los ruiditos del teléfono, las palabras de despedida, el beso en mi vacuna, la búsqueda de distracciones que permitan que me dedique a otra cosa que no sea pensar en ayer todo el día. Tuviste suerte de que haya Honey Nuts. Nos vi hermosos sentados en el piso desayunando cereales, vos comés muy mal, no te lo dije pero comés mal, sos torpe cuando agarrás la cuchara y cuando terminaste los cereales tiraste la leche que quedó en tu taza de té. Eso es de bruto pero igual nos vi contentos y jóvenes, un poco amigos, comiendo de cucharas enormes, yo apurada porque me tenia que ir, tenia que echarte, te eché, ¿te acordás? Ahí vos me dijiste que ya entendías todo, fue un acting simpático pero tan poco representativo de lo que estaba pasando. Caminamos juntos a la parada del colectivo, no me ayudaste con mi bolso, tampoco te lo pedí pero vos no me ayudaste, me hace bien acordarme de esas cosas para saber que no me gustas, pienso que no me gustas, que estabas dado vuelta y me dejaste caminar cinco cuadras con ese bolso peruano que después me hizo doler la espalda aunque no sé si fue ese bolso o fuiste vos, cuando estabas parado ahí atrás mientras cortaba zanahoria.
Julia
18 sepJulia se fue poniendo gorda hasta que las manos le quedaron chicas y las encías enormes. A veces le agarraban ataques de risa y mamá le preguntaba ¿Te están contando un chiste? Y yo cuando era más chica le decía ay, mamá, como si ella no supiera que esa risa no era para nada graciosa, que los payasos que la hacían reír eran los mismos que también la hacían gritar en la bañadera cuando no nos dejaba lavarle el pelo y tiraba piñas hasta que quedábamos abajo de la cortina empapadas y yo me ponía a su altura pensando en lo ingrata que era, en que no me gustaba verla desnuda ni tampoco sus encías que se me venían encima como si me asfixiaran con una almohada. Julia inmensa y toda su carne blanca relajada adentro del agua, los músculos almacenan información sobre la vivencia y cuando los músculos vibran, la experiencia vuelve y se hace demasiado dolorosa, entonces la cabeza se disocia del cuerpo para escuchar otras voces, a veces son voces que no existen. Algunos se vuelven hipersensibles y se guardan adentro para no ser lastimados, por eso son flacos y lejanos y azules. Pero Julia es de los otros, de los que quieren permanecer en lo terrenal, se agarran fuerte de la experiencia como un barrilete atado a una rata y se comen un pote de casancrem para aterrizar y quedarse seguros acá abajo. Yo la prefiero así, riéndose frente a un televisor que no funciona, una imagen naranja borrosa y ella mirando fijo, le gusta ver tele porque así pasan las horas hasta la próxima comida, no importa si solo muestra una mancha porque ella la mira y no le duele, algo debe haberle dolido antes pero ya no, su mano chiquita entra hasta el fondo del tubo de pringles y esa es una ventaja de su mano, mete el brazo hasta el final y la manga se le va llenando de aceite y se las lleva a la boca sin culpa, y nadie en la casa siente culpa porque es uno de los pocos placeres que le quedan a Julia y se lo vamos a dejar.
Julia quería ser una estrella y a mi me gustaba la idea de acompañarla en sus giras, peinarla y mirar sus shows desde las patas del escenario, todavía me gusta, me imagino parada al costado, apoyo la cabeza en el telón y muerdo una manzana, en esta fantasía soy una persona que come manzanas, y estoy tranquila porque cumplí, le brilla la purpurina violeta sobre sus parpados y sus giros son perfectos. La gente aplaude y eso que no ven desde cerca como yo lo verdes que son sus ojos, sus ojos como dos canteros y sus encías normales. Julia se quería operar las tetas para ser una diva. Un día nos miramos en el espejo del baño lila, ella frente al lavadero y yo parada arriba del inodoro para ver bien y ahí me dijo que si no le crecían más se iba a operar y yo al contrario, le dije que era un asco y ojalá nunca me crezcan. Entonces ella se puso medias en el corpiño y yo me hice cruces con cinta scotch para disimularlas y contenerlas. Así estuvimos toda la tarde, ella con más tetas y yo con menos, grabando un programa de radio en un cassette, presentábamos canciones, decíamos la temperatura y nos hacíamos preguntas sobre la temporada teatral y quién estaba a cargo del vestuario y cuántos gansos habían matado para hacer nuestras boas de divas. A mi me daba impresión que cualquiera se ponga tetas falsas porque me imaginaba las dos siliconas que sobreviven a la descomposición del cuerpo. Una familia llorando una muerte y mientras tanto el cuerpo deshaciéndose, todo menos las tetas plásticas que permanecen ahí y ni las mejores larvas pueden con ellas. Les explico esto a todas las mujeres que se quieren operar y ellas, al igual que Julia en su momento, me dicen que no les importa, que mientras vivan van a ser hermosas. Al morir, el cuerpo se reduce a formas más simples de materia. No existen dos cuerpos que se descompongan de la misma manera, varía según la temperatura, la humedad, la superficie de apoyo, la vestimenta. No es lo mismo morir de chomba que de camisa de lino. La descomposición empieza ni bien el corazón deja de latir, la sangre no se bombea y se acumula pesada según la postura de cuerpo adonde tire la gravedad. Después aparecen los bichos y empiezan a comer, y se rompe más la piel y entra más oxigeno y cada vez somos más comida hasta que no queda nada, un shock de nitrógeno en la tierra, cartílagos y huesos. Y a veces cartílagos, huesos y tetas.
El delirio de creerle a un loco es que, cuando te das cuenta de que está loco, te sentís un loco más. Lo mismo pasa en las películas cuando hay un giro al final y durante dos horas deseaste que el protagonista se escape y que mate a los malos y de repente te avivás de que quizás no era tan así, que estabas del bando equivocado, que perteneces al lado de los locos y tratás de entender lo más rápido posible cuál es la verdadera historia para volver a colocarte, en tu sano juicio, en el equipo correcto. En agosto del año en que Julia cumplió trece y todavía se debatía entre los dos equipos, fuimos con Martín a comer a McDonalds, no los amplios con grupos de amigos sino los calurosos, anexos de estaciones de servicio donde la gente come sola. Nos sentamos en el fondo en una mesa chica los tres y nos volvimos maquinitas porque comer papas fritas es como un movimiento mecánico del paquete a la boca, en ida y vuelta, así estábamos los tres. Martín había sacado registro y nos usaba a nosotras para que le presten el auto y yo pensaba en que la papa rinde, la había escuchado a mamá decir que la papa rinde y tenía razón. Entonces, justo cuando acepté que la papa rendía, entraron corriendo dos tipos con pasamontañas y pistolas y apuntaron a un lado del comedor y al otro, girando sobre el pie derecho. Uno corrió a las cajas y el otro gritó que nos pusiéramos abajo de las mesas así que todo el restaurante se agachó y Martín nos agarró a nosotras dos del cuello de los sweaters y nos tiró atrás de un tacho de basura, estábamos entre el tacho enorme y la pared las dos, y Martín adelante cubriéndonos. Entonces Julia se empezó a reír, se reía fuerte y yo la miré asustada, le tapé la boca con la mano y le hice caricias en el pelo para que no se violente. Estábamos tan bien escondidos que si hacíamos silencio podíamos desaparecer del lugar. El ladrón, que metía billetes en su riñonera sin dejar de apuntar, gritó calladitos, calladitos todos, y yo le tapé la boca a Julia con más fuerza y con esa misma fuerza cerré los ojos hasta que hubo un murmullo general, los abrí y ya se habían ido. Martín dice que fue la única vez que no se pudo terminar un combo.
A la mañana siguiente fuimos arriba del todo, al cuarto de Nacho donde había una cama deshecha y una batería y con un marcador dorado escribimos en las paredes que boca puto, que el mundo es puto y muchos putos más. Nacho tenía un planisferio colgado arriba de la cama y Julia me dijo que era para ir tachando los países a medida que se terminaban, porque el mundo se iba a acabar y Nacho quería llevar la cuenta. Agarramos nuestros marcadores y tachamos los países que considerábamos menos importantes para que el apocalipsis empiece por ahí. Para mi el mundo se iba a terminar de golpe cuando el sol explote. Lo habíamos leído en el colegio, el sol era una bola de fuego que iba quemando su combustible y en 5 mil millones de años iba a explotar y terminar con todo lo que estuviera alrededor. Era mucho tiempo pero era un número tan inmenso que yo no lo podía entender, no lo podía abarcar. Para mi era lo mismo veinte minutos o un millón de años, era algo más adelante en la línea de tiempo y se nos venía encima igual. Tachamos con marcador dorado todas las islas porque total eran chiquitas y seguro algunas estaban desiertas. Julia quería que quede solo América, así podía ir en auto hasta Estados Unidos y ser actriz allá. Miramos el recorrido en el mapa y pensamos cuál sería el mejor camino. Julia quería ser actriz pero decía que nuestros papás nunca la dejarían probarse en un casting o dejar el colegio y que nos teníamos que rebelar. Yo no quería ser actriz pero la idea de rebelarnos me pareció genial. Para no cometer errores inventamos nuestra propia técnica de futurismo: cortamos un pedazo de papel de un cuaderno de crucigramas y escribimos de un lado si y del otro no. Nos asomamos a la ventana que daba al limonero y preguntamos con los ojos cerrados, cada una sosteniendo con una mano el papel: ¿Vamos a ser famosas? Y lo dejamos caer. El papelito volaba y nosotras bajamos corriendo la escalera caracol, después corrimos por el pasillo, abrimos la puerta que hacía sonar seis campanas que le colgaban y salimos al jardín a buscar el papel para ver de qué lado había caído. Si, seríamos famosas. Saltamos y nos abrazamos, de repente yo quería ser famosa más que nada en el mundo. Me imaginé en una limosina con un abrigo blanco hasta los pies y un montón de bowls con rocklets. Subimos de nuevo y Julia preguntó si nos íbamos a ir de vacaciones, si papá tenía otra familia y si sus amigas la odiaban. Después repetíamos la corrida por las escaleras y buscábamos la respuesta en el papel. Cuando volvimos a subir Julia cerró con llave y me dijo que baje la voz. Nos están espiando, dijo, yo miré para todos lados y me envolví con el acolchado. Eran los del complot, los señores del complot habían instalado cámaras ocultas en la casa y mamá era su cómplice. También habían mandado un comando a McDonalds, dos expertos en tiro al blanco y acrobacia que fingieron un robo para secuestrarnos pero se desorientaron por el escondite de Martín, pero esta vez no podían fallar. Nos teníamos que escapar, así que fuimos a nuestro cuarto e hicimos los bolsos. Yo agarré mi bolso celeste y amarillo y metí un buzo, marcadores, un recetario donde dibujaba y una botella de soda de litro y medio. La botella la íbamos a llenar cada mañana en la canilla del patio de Santa Rita mientras daban misa, ese era el plan, así no nos veía el cura. Julia me mandó a pedirle plata a Nacho, que me dio un billete de dos pesos. Listo, nos fuimos a diez cuadras y nos siguió nuestro perro Negro. Compramos gomitas en el quisco, nos sentamos en el cordón de una calle sin salida y escribimos otra vez que el mundo era puto con una piedra en el asfalto. Ya se habían acabado las gomitas, estábamos chupando el azúcar de la bolsa con el dedo índice y le pregunté ¿te querés morir? Algunas veces, vos? Una vez, cuando me saqué un 5.50 en Naturales. Nos dio frío y volvimos a casa.
Carlos Keen
12 sepSaco pelusas del sweater azul
se arman bolitas donde roza la lana
(bajo los brazos)
nuestras cabezas también
rozan con el tapizado del auto
me enredo el pelo
después me peino y me acuerdo y me río
me desenredo y me río
me gusta sentarme arriba tuyo en el auto
enfrentados
mi pierna izquierda en el freno de mano
me sorprende lo cómoda que puede ser
una persona
sobre la que descanso
apoyo la cabeza en tu hombro
saco pelusas entre el índice y el pulgar
miro los pelos de tu cuello
que son invisibles
pero ahora los veo
porque la luz es exacta
te pido que pongas contacto
para bajar la ventana
una diagonal de sombra de limpiaparabrisas
en tu cara
tengo un yogur con zucaritas
en la heladera
un yogur con zucaritas
hace dos semanas
lo compré en una YPF
pero no pedí cuchara
ahora sigue en la heladera
porque me gusta tanto
que lo reservo
con vos también me pasa
me gusta sentarme arriba tuyo en el auto
enfrentados
mi pierna izquierda en el freno de mano
mi aliento en tu cuello
tu cuello con pelos
invisibles
hasta hoy
los miro
respiro
te respiro
mi aliento y decís que eso es trampa
y que necesitamos
cuarenta y ocho horas
en una cama
entonces nos vamos
por un fin de semana
tu cama de Carlos Keen
tu cuarto
de la infancia
cuelgan atrapasueños
y posters
de bandas
nos damos besos en Carlos Keen
hay un cartel
que dice gran tallarinada
yo quiero ir y vos no
porque conoces a todos
y te da fiaca
cocinamos
hablamos de karate
y tiramos patadas
me pateas la frente
me hago bolita
para taparme la cara
y que no me veas llorar
porque me duele
y me quiero ir a casa
iou
3 sepLucas vino a Buenos Aires para ser rapero. Podría haberse mudado a lo de su tío en Belgrano R pero le pareció más de guapo irse a Mataderos, trabajar en un taller de marcos y rapear con la capucha puesta sobre sus manos llenas de astillas y el polvo que se le junta en la barba al final del día. El rapero tiene que pasar frío, tiene que representar a una minoría y permanecer en ella aún cuando se llena los dedos de joyas. No importa con qué minitas haga el after, en el escenario canta para las de su barrio, para madres solteras que atienden supermercados mientras dan de mamar, pero gusta de iniciar en las drogas a las más conchetas. Pero de eso no se habla, no, nadie quiere rapear sobre lo fácil, sobre el pormenor angustiante de un control remoto sin pilas que funciona cuando tiene ganas y patina por restos de mantecol. Lucas quería ser rapero para hablar de problemas reales, los que pasan en Policias en acción, el drama de tomarse un bondi lleno, de quedarte dormido en lo de tu dealer justo la noche en que le allanan la casa. Nada que ver con la desgracia de un iPod que se sincroniza con el iTunes equivocado y adiós playlist para los días lluviosos, y otros problemas burgueses que no nos hacen llorar en la tevé, porque a nadie conmueve que hayas tardado cuarenta minutos en estacionar. Al portero tampoco, porque con eso todavía no llegás a la licencia para sufrir, para sufrir tenés que hacer por lo menos dos combinaciones. Te van a mandar a llorar a una sucursal del Pro, adonde te ofrecen una vaso de agua light para que te tranquilices, porque ya están trabajando en eso pero mientras tanto podés suscribirte al newsletter. Y si te roban, acordate que al pendejo de Vicente López lo mataron, lo mataron por dos pesos, así dice la gente, vos tuviste suerte, te sacaron el celular pero qué te vas a preocupar si ahora hay portabilidad numérica así que estás mejor que nunca.
En su casa de Neuquén lo despidieron con un costillar al asador e invitaron a todos los primos para que se saquen fotos con él frente a la ligustrina. Después su mamá lo llevó a la terminal, lo persignó y le dió una Cindor para el viaje. Le dijo que se acuerde que la gente de allá no es como la de San Martín, que andan a las apuradas y tienen perros en departamentos. Lucas se sentó del lado izquierdo para que no le dé el sol y no reclinó el asiento en todo el viaje. Faltaban sesenta días para la Batalla de gallos, la competencia de raperos más grosa esponsoreada por bebidas energizantes, y su objetivo era aniquilar, humillar a la competencia hasta ordeñarles los pezones. Durante las veintidós horas de viaje quiso hacer gimnasia emocional y repasó con placer todos los males que le habían tocado vivir. Ese día de la bandera en que su vieja servía mousse de dulce de leche y le temblaban las manos hasta que agarró el bowl de cerámica y lo explotó contra el piso, lloró y salió corriendo al lavadero, y Lucas se paró para buscarla y su viejo, que tenía mousse en la frente, lo atajó con un brazo y le dijo que escuche, que tenía que hablar con el, que se iba a ir a vivir a la playa con su acompañante espiritual y que lo sentía pero era su misión. Lucas cerró la cortina del omnibus y pensó que en la vida se puede ser buen pibe o garca, que había conocido muchos garcas y que en esta nueva etapa haría justicia. Bajó en Retiro y se olvidó la Cindor cerrada en el bolsillo del asiento. Lo esperaba su tío revisando los mails desde el teléfono. Le esquivó un beso con disimulo y le ofreció la mano a cambio, porque la verdad, hace cinco años que no veía al tío Victor y quizás se había convertido en otro garca. El tio Victor era un arquitecto conocido en Belgrano, separado, con un hijo filósofo y otro cura. Tenía una biblioteca de esas con escalera corrediza, una biblioteca que según su otro tío Claudio debía estar llena de mierda para que tenga un hijo filósofo y otro cura. Fueron al departamento, tomaron café y Victor le dijo que había hecho bien, le dijo acá es otra cosa y desdobló el programa del Complejo Teatral de Buenos Aires. Lucas dijo si a todo, moviendo la cabeza de arriba a abajo y después lo mandaron a dormir porque en esos bondis no se puede pegar un ojo. Salió al balcón desde dónde podía ver el granito color crema de la cocina de enfrente y una morocha de rodete que sostenía la tapa de una licuadora con las dos manos, de a ratos se inclinaba y apoyaba la frente para sentir cosquillas en el oído mientras preparaba sopa, algo como lo que él le pasaba contra la ventana del ómnibus. Le hubiera gustado cruzarse, poner a la mina a dormir y despertarla con una sopa de zapallo y apio lista. Pero no.
Lucas se dejó crecer las ojeras, cambió su nombre a Crocante y practicó free style con bases de youtube. Puso cara de malo frente al espejo, mejoró suflow e incorporó palabras, le interesaban especialmente las que rimen con calle y guacho. Se acordó de que en su última visita a la capital se había comprado un cuchillo de acero inoxidable de alto carbono en la Feria de Mataderos. El puesto era de Marcelo, un ex asador de una parrilla en Soldati de la que lo echaron porque no cedía ante los pedidos de carne cocida. A Marcelo le gustaba jugosa, roja, cruda. Para Marcelo entregar carne muy cocida era venderse. Él le explicó las ventajas del alto carbono, aguanta cualquier temperatura y ni tenés que afilarlo. Le contó que de pibe quería ser Chef, que elcuchillo de chef mide casi 25 cm en su hoja, que es ancha en la base y estrecha en la punta. El cuchillo para vegetales tiene una hoja puntiaguda de unos 7 cm y sirve para pelar, trozar, redondear. El cuchillo para deshuesar es de 12 cm de una hoja flaca y puntiaguda. Su tamaño facilita la introducción en las ranuras de los huesos. Lucas se hizo dos tajos a los lados de la cabeza con una gillette, sobre los tajos se puso un pañuelo y sobre el pañuelo una gorra. Se cargó la mochila y encaró para Mataderos. Sabía que allá gente como Marcelo podía llevarlo adonde quería estar, donde pasan las cosas. Había retenido sus palabras, leído los gestos de sus manos gordas con uñas negras. El cuchillo torneador tiene una hoja curva para cortes delicados. El cuchillo paleta es largo y flexible con una punta redondeada. Se usa para mezclar, untar, raspar y alzar.
La Batalla de Gallos se hace todos los años en la Fábrica de Oxígeno del barrio de Once. A las tres de la tarde van llegando hombres de buzos enormes y mujeres de jeans ajustados, compran cerveza en vasos de litro y se sientan en el piso a charlar, pese a sus pantalones tiro bajo. Algunos no se ven hace tiempo, así que se admiran los nuevos piercings y comentan los episodios del año anterior, ¿Te acordás, boludo? Cuando ya entraron doscientas personas y cada una tiene al menos dos litros encima, empiezan las rondas de free style marcado por las palmas hasta que el jurado selecciona a los ocho más audaces que van a competir entre sí, mano a mano, en el escenario principal. En ediciones anteriores, los ganadores se determinaban por al aguante de la gente pero se hizo evidente que los más populares arengaban a sus fieles y siempre ganaban, no importa quien fuese el mejor. El nuevo jurado estaba compuesto por tres eminencias. Doble Ariel, el creador de la discográfica número uno de Hip Hop, la bailarina de break dance Erre, ex novia de Doble Ariel y actual lesbiana, y el integrante fijo del jurado, Casetera, el héroe del free style que dice que rapea para dar sexo oral a las masas.
Caminó Mataderos, alquiló, hizo amigos y reunió afines para formar los Activistas del Climax. Ensayaban en una salita arriba de un lavadero, iluminada por tubos de bajo consumo y recubierto con aislante verde de goma eva. Al principio hacían sonar lo básico y fueron sumando trompetas, saxos y teclados hasta convertirse en jazz contestatario con rimas, con la rima como un recurso barato y genial para que cualquier frase parezca inteligente a la sombra de sus capuchas, rimas acompañados por movimientos de manos que denuncian, que enumeran, que pican cebolla. Activistas del Climax pasó a ser una banda de doce integrantes y Mataderos una especie de Bronx donde sirven locro. El espíritu del rap se difundió y los músicos decidieron que era hora de salir a bares de la capital, adonde tanto sufrimiento les sería compensado con jarras de gin para la banda.
De osos y ferreterías
18 julLos fantásticos son esas criaturas tan espléndidas que te aburren. Conozco a varios y no es por envidia que los detesto. Los fantásticos no dejan lugar a la identificación. Tienen parejas cool con emprendimientos ecológicos, padres artistas y plantas de marihuana. Vieron todas las películas independientes y basta con que te guste un actor para que el fantástico haya salido con él. Comen y no engordan, tienen agendas internacionales y usan muy bien los programas de edición. Nos gusta pensar que el fantástico en realidad es un snob. Creemos que son altaneros y egocéntricos, que se mandan la parte. Lo hacemos para justificar el desagrado que nos provocan pero no es así, son realmente fantásticos. Bien intencionados y amables. Se ríen de nuestros chistes pero nunca los hacen. No elaboran el humor porque no necesitan escapismos en sus vidas fantásticas. Sufren una dosis justa de drama familiar que solo logra hacerlos más tiernos y unidos.
Pero el fantástico no tiene amigos. Su discurso noble no da lugar a comentarios ajenos porque ellos todo lo saben. Son especialistas en galerías de arte y destinos turísticos exóticos. Las anécdotas sobre el viaje a Indonesia o su destreza caminando sobre sogas son demasiado maravillosas para ser atractivas. Nos aburren los finales felices porque nos identificamos con las miserias humanas, y no solo eso, las miserias nos hacen reír. Si alguien se cruza con un miembro de esta tribu urbana, le recomiendo huir. En el peor de los casos, el fantástico sentirá afinidad hacia su persona y querrá compartir historias. Debe apretar reset hasta alcanzar la ignorancia de un mandril, decir que el vino tiene gusto a pis y preguntar dónde queda el Colón. Ellos pensarán que no somos de su palo, porque de hecho, no somos de ningún palo y eso está bien.
Últimamente tengo la sensación de que todo expira. Expiran los trabajos, las compañías, las ideas. Cada una de mis actividades es un yogur bebible con fecha de caducidad. Entonces me fascino con lo sencillo y lo eterno. La misma ferretería, la receta de la pascualina, el barrio. Quisiera ser tan conformista que apenas me interese vivir. Levantarme a la mañana y no cambiar la yerba, y vestirme otra vez de gris. En cambio soy ansiosa, somos una manga de ansiosos que cada vez le pone más sal a la pascualina. Las estrellas de televisión viajan a India en busca de espiritualidad, como si la vida les hubiera llegado en tomos: lo corpóreo en occidente y al resto hay que salir a buscarlo con millas. Al final, parece que los únicos en paz son los dueños de las ferreterías, que no ambientan el local, no ponen música ni sueñan con estrenar un segundo piso.
Las ferreterías son lugares asombrosos. Cada vez que voy a una, escucho lo que piden los otros clientes sólo para cerciorarme de que no tengo la menor idea de qué es. Son técnicas y precisas. La medicina de los objetos muertos. Eso, sumado a la agradable sorpresa que ocurre en la caja. Uno saca la billetera asustado esperando a que le cobren los veinte metros de alambre, los cuatro litros de cola, los veinticinco tornillos, y el tipo hace la cuenta a mano, se coloca el lápiz detrás de la oreja, levanta la mirada y lo dice: quince pesos. Y uno se reconoce como un auténtico vivo bárbaro.
Los barrios, las costumbres y los pocos amigos.
Mi papá se crió en Nuñez cuando todavía habían terrenos baldíos con canchas de fútbol en Cabildo y Larralde. Cuando tenía trece años y la campera de jean correcta, armaba peleas en el barrio para juntar plata. Las reglas eran simples: vale todo menos usar anillos y pegarse en los huevos. Marcaba un ring con bufandas y los pibes hacían fila para pelear. Cada encuentro duraba como máximo tres rounds de tres minutos cada uno y, si ningún participante caía al suelo, perdía quien estuviera más agitado. Los vecinos frenaban a mirar y él pasaba una lata de duraznos en almíbar para juntar monedas.
Su sombra se llamaba Atilio, era torpe, había nacido con cara de viejo y vivía a cuatro pinos de distancia. Papá, en cambio, era un flaco ágil de ojos negros. Iban a cantar el himno y a rezar al Manuel Belgrano a la mañana y después salían a practicar vandalismo amateur mientras sus madres se hacían las estresadas con lo “fatales” que eran sus hijos. Planchaban y se lamentaban sus malas notas y pantalones rotos. Secretamente sabían que ambos querían ser médicos y ocupar cabeceras de mesas numerosas.
La parada fundamental en su rutina de Nuñez era La Mosca, un café oscuro con olor a gas al lado de la estación de tren. La Mosca tenía un patio de dos metros y una casilla de piedra con baños en el fondo. El principal atractivo del lugar era ser el bar de los carteristas. Jorgito y Atilio iban cuando empezaba a oscurecer, compartían una Fanta y trepaban al techo de chapa de los baños, donde cada día encontraban cuatro o cinco billeteras vacías que los ladrones tiraban al cielo después de afanar. Por justicieros o delincuentes, siempre olfateaban asuntos raros por los que se terminaban haciendo unos pesos.
Una noche de febrero llegó el circo a Nuñez y ocupó una manzana entera con su carpa y sus coches. Mi viejo fue con los amigos al estreno, manteniendo siempre su postura patotera y haciendo comentarios subidos de tono sobre la mujer en el trapecio. Los chicos se divertían más intentando embocar el pochoclo en la pelada de la primera fila y con esas distracciones y algunos trucos de magia respetables fue pasando el espectáculo. Hacia el final, dos tipos en mamelucos brillantes entraron una jaula con ruedas, cubierta con una felpa roja. Sonaron los tambores y de un tirón lo descubrieron. Adentro había un oso enorme, con un bozal, una correa metálica y guantes de box. Sacaron al oso de la jaula y, por sobre el coro de gritos femeninos, preguntaron: “¿Quien se anima a enfrentar a Raúl, el oso boxeador?”. La sala enmudeció y papá levantó la mano.
Los osos no parecen tan grandes en la televisión, nunca les filman sus dientes filosos. Raúl era un oso raza café con leche que tenía la oreja derecha cortada por la mitad y navajas en los dedos de los pies. Atilio se atragantó con un pochoclo, el oso bostezó hasta donde el bozal le permitía y Jorgito bajó la escalera saltando de dos en dos. Le dieron un par de guantes como si eso lo hiciera estar a la par de la bestia y se encontraron en la arena. Dice que no tuvo miedo. Elongó el cuello, respiró y dio el primero, el segundo y el tercer golpe. Raúl lo empujó y se fue al piso. La pelea continuó así en loop por cinco minutos sin sangre ni lágrimas pero el público se tomó de las manos y algunos padres impresionables taparon los ojos de sus hijas. Jorgito a cada rato se paraba, se sacudía la arena y volvía a encarar. Cuando salió ileso, veinte chicos más gritaban y agitaban los brazos para pelear. La rutina del Oso Raúl era la joya de la noche y la gente estaba fascinada por la valentía del chiquilín.
Ya tras bambalinas el hombre que traga fuego le chistó a papá y le propuso un trato, que dibujó en la arena con un bastón: tenía que ofrecerse a pelear con el oso en cada función a cambio de cinco entradas gratis. Durante quince días papá revendió entradas en la puerta y más tarde entró al show para ofrecerse a enfrentar al oso boxeador, pretendiendo animarse por primera vez. Cada noche hacía diferentes actuaciones. A veces se tiraba al piso y se revolcaba del dolor y otras corría hacia Raúl gritando para darle una patada voladora. Vivió la gloria. No solo peleaba contra un oso, sino que le pagaban e invitaba pipas peladas para todos sus amigos mientras exhibía los moretones con orgullo. Todo el barrio sabía de su valentía y su destreza. Era un campeón.
El día quince el Oso Raúl se fue, desapareció la carpa junto con los aplausos de los vecinos. Todos tenemos algún oso anestesiado con el que hacemos chapa. Un padre ausente, un desamor o una enfermedad dolorosa, todos ellos nos dan el aval para mandarnos cagadas y triplicar los méritos. Parece que la vida se jugara con handicap, nadie es héroe sin haber sido antes víctima. Por eso nos cuesta tanto otorgarle crédito a los fantásticos. Pensamos que su lucha más ardua es la del frizz de la mañana pero no sabemos si se siente solo o si tiene miedo. La alegría del fantástico es obvia, es hasta redundante. Tengo una planta baja con parrilla, ergo, río. No. Nos conmueve la risa montada en el drama. La carcajada histérica de quien ni bien cierra la puerta se larga a llorar.
Cuando papá organizaba peleas en Cabildo y Larralde, nunca pasó un oso a anotarse para pelear. No tienen que ganarle a nadie para cerrar los ojos y escuchar un estadio coreando su nombre. Se levantan temprano a la mañana, se paran con el mismo traje en la misma roca para cazar sigilosamente al mismo pez.
Un fragmento trozo pedazo cacho de texto:
3 junHay que dormir más la siesta y hacer el amor en paz. Estoy acostada boca abajo, muerta para el mundo. La cama y yo somos uno. A veces me hago un café. Pongo un disco. Miro la hora. Me hago un café.
Nos hicieron creer que debíamos ser productivos siempre. Fuimos obedientes e instalamos aparatos de dvd en los autos para amortizar los viajes, en lugar de dejarnos marear con el desfile de pinos en fast forward. Nos dijeron que “hay que aprovechar la mañana” y ahora no caminamos 4 cuadras sin hacer un llamado.
Me indigna que el tiempo libre deba ser un bien escaso para saber utilizarlo. Incluso el concepto de algo útil, productivo, redituable parece ridículo cuando recordamos que nos vamos a morir.
Uno lo desea pero si es mucho te paraliza, como el calor. Un rayo que me va secando las ideas. Mi cerebro es una bolsa de arena tibia. Pero ya no me molesta.
Pizzas & Empanadas
27 abrLos pibes del delivery creen que son una pandilla. Se paran frente al local de empanadas con camperas infladas y toman la vereda. Andan en moto, fuman cigarrillos y miran a la gente que pasa buscando problemas. Al negocio lo atiende una pelirroja maquillada hasta la manija que es la grupie de los repartidores. Se acuesta con las tetas sobre el mostrador comiendo chicle, haciendo garabatos en los volantes mientras se levanta a alguno. Para entrar hay que saludar a la pandilla mostrando respeto y esquivar de un salto al ovejero alemán que bloquea la puerta. Siempre está ahí durmiendo, o está muerto y nadie lo barrió.
Recurro a empanadas en mis momentos más desesperados. La pandilla no lo sabe pero cuando estoy ahí, significa que algo anda mal, que se hizo tarde y estoy triste y voy a ir directo a la revista del cable, adonde van a parar todas las migas mientras me administran anestesia.
El jueves tenía 15 pesos y quise comprarme dos empanadas. La pelirroja me dijo que el mínimo eran tres así que le sumé otra. 16 pesos. Quise llorar. Quise llorar y gritarle que su escote era patético y que el lunar de su cuello era una máquina de hacer cáncer. Pensé en patear al perro en la panza sin que reaccione hasta que se den cuenta de que nunca había estado vivo. Hubiera hecho un escándalo pero a la salida me esperaba la pandilla. “No me alcanza, ¿ves porque quería solo dos?”. Tuve la fantasía de que mi comentario la llenaba de angustia y ella se volvía a su pueblo, donde los repartidores van a caballo y nadie se la imagina desnuda.
Animal Planet extended
18 abrNos mintieron. Todo lo que nos enseñaron sobre los animales es mentira, a cuáles temer, a cuáles besar. Un país entero en peligro subido a caballos. Nos hicieron sentir rechazo por los animales equivocados y meter en nuestras casas a los más salvajes.
Las tortugas, horribles y primitivas. Los ecologistas se quejan porque están en extinción cuando deberían agradecer que hayan llegado tan lejos. Fueron evidentes contemporáneas de los dinosaurios que por algún error de cálculo o por la viveza de protegerse dentro de su caparazón lograron zafarse del meteorito que mandó Dios cuando tuvo la dulce idea de destruir a la población entera.
Los dibujos animados nos criaron con simpáticos animalitos que nos instalaron estructuras mentales idiotas haciéndonos creer que vivimos en un ecosistema amigable donde cualquiera puede triunfar. Las tortugas ninjas son tres mutantes con delirios de grandeza. Una tortuga llamada Donatello, ¿a quién queremos engañar? Las tortugas están hechas para ahogarse en charcos o morir de hambre por estar dadas vuelta. Jamás podrían llegar a ser Donatello. Y nosotros tampoco, nunca.
Igual que las gallinas, la verdadera plaga, el ave más numerosa del planeta. Ellas pueden volar pero no tienen ganas. No migran hacia el calor, prefieren que les llenemos de paja la camita. Son como la gente que se hace la dormida para no ceder el asiento del bondi. Tienen costumbres abominables que el hombre va reproduciendo en su forma de vida. Un individualismo feroz y holgazán, cada cual en su casilla calentando los huevitos. Una sociedad machista en la que el gallo las despierta a los gritos y atiende una por una cuando se le da la gana.
Para colmo apenas nos alimentan. Las gallinas nos dan un pollo de morondanga, que no tiene gusto a nada y hay que hacerlo a la parrilla y empaparlo con limón para que adquiera personalidad.
Los conejos forman parte de “las 100 especies exóticas más invasoras del mundo”. El hombre lo introdujo a ambientes que no le corresponden y los perjudican. Por ejemplo, el living de su casa. Los conejos tienen ojos rojos y un montón de enfermedades. Ojos rojos, dignos de exorcismo.
Un gorila, eso es un animal en serio. Un gorila con manos enormes y mirada profunda como diciendo “Estamos a un cromosoma de distancia”. Dicen que los delfines son tan inteligentes como el hombre. Si fueran tan vivos no estarían haciendo piruetas en tanques australianos. Los cocodrilos en cambio imponen respeto con sus movimientos lentos y su boca. No pueden masticar, muerden a su víctima y sacuden la cabeza para despedazarla. Asesinos imperceptibles que habitan los pantanos.
